This, too, shall pass

A Crown of Moths, 2020

Fiel a su promesa, la versión original de This, too, shall pass tuvo una corta vida. En aquel estado, este proyecto artístico estaba dividido en cinco memorias USB repartidas por el planeta, saltando de mano en mano y conteniendo caras diferentes de su mundo. Conectadas a través de un bot de Twitter que publicaba fotografías regularmente, sus paisajes, sus climas y sus ambientes quedaron recogidos en una cuenta que, como el juego, ya es cosa del pasado. Por dentro y por fuera, este fue un proyecto artístico sobre la crisis climática global y la naturaleza efímera de todo lo que existe. De aquello solo queda una cara B en forma de remezcla que permanecerá indefinida, ligada a ese mismo tiempo que nos dice que atesoremos, porque como todo lo demás también pasara. Su precio, el del juego, está ligado al valor de la temperatura media global, que desde que se publicó no ha parado de subir y contra el que su autora da algunos consejos: plantar un árbol, reducir el uso del coche, organizar una protesta, votar contra los combustibles fósiles, reciclar el plástico o comernos a los ricos.

This, too, shall pass

This, too, shall pass es un simulador de paseos por versiones virtuales de la tierra repartidas por todo el globo. Su lenta melancolía, hecha de una errancia parsimoniosa, cambia en función de la combinación de espacios y tiempos con la que lleguemos. Hay tantas variaciones de ella como jugadoras compran, descargan y se lanzan a su mundo, pero todas comparten la misma atmósfera, entre nostálgica e impotente, que emerge de la sensación de no poder más que retratar el final inevitable del mundo. This, too, shall pass no alude a datos o a casuísticas específicas, no pretende encajarse en los porqués de que cada día nos sintamos más cerca del colapso, sino que pivota en torno a la calma poética de una errancia resignada.

La idea de rastro adquiere aquí varios significados. Por un lado, es la acumulación progresiva de versiones que ocurre a cada nueva descarga y paseo, recogidas en esas migas de pan en forma de tweet que van dejando. Por otro, es el vagabundeo personal en el que se condensa cada partida, guiado por las plantas, las colinas, las luces extrañas… En This, too, shall pass estamos aparentemente solas, aunque las ruinas estilizadas y monumentales que lo habitan sugieren la presencia de un Antropoceno quizá desaparecido, pero que ha dejado marcas imborrables. Nos acompaña, entonces, su colapso, como una postal de futuro posible, y las huellas que dejamos clavadas en el suelo a medida que caminamos, sobre las que podemos volver la vista en cualquier momento para asegurarnos que seguimos ahí, que esto aún no ha pasado.