Even the Stars
Pol Clarissou / Nicholas Gavan, 2014
La vida en Even the Stars apenas dura unos minutos, pero abarca todo el universo. Podríamos considerar este juego como el anverso de Orchids to Dusk, con el que comparte la nave, el astronauta y el cosmos desconocido. Aquí, no obstante, no hay accidentes, sino que la muerte llega con calma, sin anuncios, como un hito más entre las estrellas y los planetas perdidos. El camino de Even the Stars es uno de esos que se hace al andar, saltando de un rincón a otro del espacio sideral, recorriendo cada cuerpo celeste que encontramos, a ras del suelo, volando bajito.
Even the Stars está atravesado por una tensión sostenida, un paréntesis que podemos alargar o romper a nuestro antojo, decidir dónde queremos morirnos. La misma errancia con un sabor ligeramente distinto, moldeada a partir de ese murmullo silencioso hecha de ruidos y señales que no están ni lejos ni cerca, que nos envuelven sin llegar nunca a tocarnos. Si encendemos la radio de nuestra nave se colará, a veces, una voz entre la estática, hablando de su propio viaje: alguien más está por ahí, viajando de mundo en mundo. Si nos topamos con alguna estructura o edificio, podemos bajar a la superficie, explorarla y dejar nuestras impresiones por escrito. Y al final, como una constelación más, nuestro diario estará con puntos y líneas, hechas de lo que vimos, lo que pensamos y lo que sentimos.
