Kentucky Route Zero

Cardboard Computer, 2020

Bajo la superficie del estado de Kentucky serpentea una red de cuevas profunda y secreta. Hay una autopista que lleva a su interior, pero no es fácil encontrarla. La llaman la Zero, y hay quien dice que está al fondo de una mina abandonada, detrás de un establo destartalado o quizás al otro lado de un agujero en el bosque. Lleva a muchas partes y a ninguna, y está habitada por un tipo particular de fantasma: gente que no necesariamente ha muerto, sino que simplemente tiene la vida suspendida. No perdida, pero a la deriva; perpetuamente de paso. Cruzándose entre sí y encontrándose las unas en las otras.

Kentucky Route Zero es un largo viaje por esa carretera que le da nombre, dividido en cinco actos con sus respectivos interludios, en el que la gran constante es el encuentro y la conversación con la gente que lo habita. Somos todos sus personajes y, a la vez, ninguno. Una proyección que salta de boca en boca, de historia en historia, navegando los recovecos de una textualidad llena de ramales, en la que cada vez que elegimos un camino perfilamos nuestra identidad imprecisa. Somos lo que elegimos, lo que decimos, lo que evocamos; un jornalero muerto, un androide teclista, un niño que vive en pueblo convertido en museo con la única compañía de un águila inmensa. Parte y conjunto de ese río que fluye por la Zero, lleno de desperdicios y fragmentos, por el que se derraman la gente y la basura.

Kentucky Route Zero

Pese a estar situado en un aparente lugar concreto, Kentucky, la tragedia colectiva de sus habitantes espectrales construye una universalidad rotunda. Su deriva ecológica y la ambigüedad fantasmagórica en que está suspendida la vida de toda su gente es un espejo en el que es fácil vernos reflejadas, puede que no en lo específico, pero si en esa tristeza resignada que parece cubrirlo todo como una pátina de futuros perdidos. Kentucky Route Zero es un juego en el que lo único que les queda a sus personajes es la capacidad de ser y estar, de continuarse y reconocerse en quien tienen al lado. De navegar un espectro existencial que fluye y se vierte como nosotras fluimos y nos vertemos por los rostros, los nombres, las memorias y los gestos que hacen este juego. Sin tener nunca del todo claro hacia donde nos dirigimos, pero con la seguridad relativa de estarnos moviendo y que, tarde o temprano, llegaremos