The Indifferent Wonder of an Edible Place

Studio Oleomingus, 2020

A principios de los años 60, la ciudad de Maharashtra fue literalmente borrada del mapa. Tras la rotura del estado indio de Bombay, el trazado de las nuevas fronteras se impuso sobre la realidad física del país, y las líneas sobre el plano se convirtieron en gusanos que se tragaban la tierra. Maharashtra cayó justo en medio de una de ellas y se decretó un triple exilio: fuera de la realidad, del territorio y del tiempo. The Indifferent Wonder of an Edible Place es un intento de rescatar lugares como este del olvido, y de denunciar esa distancia burocrática, esas miradas administrativas tan alejadas que son incapaces de ver a las personas que los sufren y los habitan. Una doble violencia: la del borrado como gran muerte cuando se vive en los márgenes de la historia, y la de la conclusión premeditada y diseñada de la memoria. El retrato de cómo la Historia puede devenir un objeto comestible. Algo que se muerde, se mastica, se escupe.

Desde su fundación, Estudio Oleomingus ha construido una obra de y desde intersticios. Todos sus juegos publicados hasta la fecha han sido un trabajo interpretativo, una traducción al videojuego de los escritos y labores del poeta guyaratí Mir Umar Hassan. Una poesía combativa, tan emotiva como irónica, siempre dispuesta a denunciar los procesos reglados de abandono y dar voz a sus víctimas. Jugar a esta obra es ponerse en la piel de Hassan y recorrer el mundo desde su cosmovisión y su sensibilidad, caminando entre pedazos de realidades fragmentadas. Interpretar lo que vemos y sus orificios, pasear, escuchar, leer, mirar. Aquí nuestra posición siempre es de receptora, como un punto de paso para un trauma nacional que encuentra en nosotras una cámara de resonancia. Llegamos, jugamos, nos lo cuentan y lo contamos.

Studio Oleomingus, 2020

A las puertas del juego, los versos de Hassan se cruzan con otros de Emily Dickinson. «Derrumbarse no es un acto instantáneo, o una pausa fundamental. Los procesos de deterioro son una decadencia organizada». En The Indifferent Wonder of an Edible Place solo podemos obedecer, devorar su estructura a dentelladas e ir viendo pequeños fogonazos de lo que a cada mordedura se va perdiendo. «Primero se forma en el alma una telaraña». A medida que nuestro estómago se va llenando, nos sentimos progresivamente vacías y encogidas: allá van los árboles de los patios, los faros de oro, los Fiats aparcados. «La ruina es ceremoniosa, un trabajo de mil demonios». Eso somos: un pobre diablo que come escombros, porque se lo han mandado.

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