Orchids to Dusk

Pol Clarissou / Marskye, 2015

La pantalla de carga anuncia nuestra condena: antes de empezar ya está todo perdido. Nuestra nave se agita y pita enloquecida, cayendo en picado hacia la superficie de un planeta lejano y desconocido. «Cargando partida», cargando accidente, cargando muerte. Pese a ello, la astronauta parece serena, como si de alguna manera este fuese el final más esperable para alguien como ella. Una última parada, un descubrimiento más, la oportunidad de marcharse paseando, tranquilamente.

Cuando lo único prefijado y rotundo es que te mueres, el juego se convierte en todo lo que queramos hacer de él mientras nos llega ese momento. Tanto si caminamos como si nos detenemos, si nos sentimos liberadas o abrumadas, si decidimos buscar una salida, la que sea, o si aceptamos que estamos al final del camino, la elección nos pertenece. La acción y la inacción son nuestras, hablamos a través de ellas y ellas hablan por nosotras.

Orchids to Dusk

Ante la infinitud absoluta, Orchids to Dusk nos tiende dos manos. Dos formas de asimilarlo, de vivirlo, de jugarlo. De morirlo. Allá al fondo, donde el cielo y la tierra se juntan, la posibilidad de regreso es un punto de fuga al que si miramos demasiado fijamente hace que nos perdamos lo inmediato. Las dunas, el viento, los pequeños oasis de flores y plantas que hay repartidos. Desesperación o curiosidad; luchar o simplemente ser, ahí, ahora. Si paramos, una nube se forma sobre nuestra cabeza y nos dice que apretemos un botón: déjate ir, descansa. Si caminamos sin detenernos una niebla crece dentro del casco, nublándonos la vista y llevándose nuestras últimas miradas al mundo. Quedarnos suma un pequeño bosque, luchar deja un cuerpo tendido. No hay opción correcta, solo el acto de escoger. Ser otra vez, o quedarnos en lo que hemos sido.