Outer Wilds
Mobius Digital, 2019
El sistema solar de Outer Wilds es un enorme cementerio. Por todos los rincones de sus planetas pueden encontrarse viejas ruinas y estructuras abandonadas habitadas por diarios y esqueletos. Los Nomai, una raza proveniente de otra galaxia, llegaron hace mucho tiempo a esta región del universo porque decían que se sentían observados, como si un ojo enorme se escondiera en la inmensidad sideral y les estuviera retando a encontrarlo. No lo lograron. Idearon decenas de planes, y hasta se plantearon matar al sol y alimentar un último intento desesperado con la energía de su supernova. Pero la estrella les sobrevivió y los Nomai, habiendo empleado todas sus energías y recursos en la empresa, se fueron poco a poco muriendo.
Cientos de años después, Outer Wilds empieza 22 minutos antes de que ese mismo sol fallezca de viejo. Coincide que ese es el mismo día de tu estreno como astronauta en el programa espacial que da nombre al juego, así que casi con toda seguridad el fin del universo te va a coger con un asiento reservado en primera fila. Primero una implosión y luego la onda expansiva, una luz cegadoramente bella y luego la nada: todo y todos evaporados en cuestión de segundos. Pero despiertas. Vuelves al inicio, como si nada hubiese ocurrido, y vuelves a despegar, a explorar, a morir y a repetir. Entras en un bucle, y Outer Wilds empieza a enseñarte las cartas que tenía escondidas. A la curiosidad inherente por pasear variopintos planetas lejanos se le suma el gran enigma de esa repetición constante que ocurre siempre a los 22 minutos de partida y que devuelve el cosmos a su sitio. Todo, menos lo que hemos visto, oído y leído: las pistas recopiladas y la red de datos y rumores que lo ordena y le dan sentido. El último gran rompecabezas de la existencia es, ni más ni menos, que su último suspiro.
