Disco Elysium
ZA/UM, 2019
Despiertas en una habitación de hotel que ha visto mejores días. Estás desnudo, todo te da vueltas y no reconoces la cara que te devuelve el espejo. Recoges tu ropa, te lavas la cara y fuerzas una sonrisa. No recuerdas quién eres y en tu cabeza hay un barrullo de voces e identidades que luchan por hacerse con el control y definirte. Bajas al vestíbulo y te enteras de que eres policía, que estás investigando un asesinato y que hace tiempo que tu compañero te busca. Nada tiene sentido, pero tu compostura, alimentada por la electroquímica de las pastillas, te ayuda a mantenerte de una pieza y a seguirles el juego. Solo una cosa: ¿cómo vas a encontrar al asesino si no eres capaz ni de atarte los zapatos?
La ciudad de Disco Elysium es un lugar a la deriva del tiempo y el progreso. Sus barrios son un laberinto de retóricas, ideologías, políticas, clases sociales, tensiones culturales y retales de Historia. Para la mayoría de la gente es un lugar de supervivencia en el que la vida está casi siempre encerrada en el determinismo institucional que los ha convertido en parias. «Ser de Revachol es ser Revacholiano. Estar desierto, destruido. Un adicto a las drogas con un trastorno de inmunodeficiencia. Una broma, un payaso, un perdedor». Es un terrible punto de partida, pero si encima tienes la mente hecha papilla la cosa se complica más todavía. Como si volviera a nacer, nuestro detective tiene que rehacerse tanto a sí mismo como recomponer una visión lo más entera posible de la realidad en la que ha despertado. En la teoría, todo se reduce a un proceso de lectura e interpretación del mundo. En la práctica, jugar tiene más que ver con la autoconstrucción de nuestro personaje como sujeto emocional, social y político. ¿Es el asesino la persona que aprieta el gatillo o sus circunstancias? ¿Es posible un castigo justo cuando el crimen es lo que sostiene al sistema? ¿Qué significa ser inocente cuando la única ley es que solo prospera el más fuerte?
